Auxilio a las Benditas Almas

Pregunta: Me gustaría muchisimo, que uds me ayudaran a ser DEVOTO DE LAS ALMAS BENDITAS DEL PURGATORIO. QUE ME ACLARARAN ALGUNAS DUDAS QUE TENGO. yo estoy enfermo con mal de parkinson y lo único que hago es rezar y escuchar misa por trlevisión .me gustaria que me aconsejaran sobre este tema ya que tengo verdaderas ganas de ayudar A LAS BENDITAS ALMAS.

Respuesta: La Divina Misericordia ha colocado en manos de su Iglesia militante la capacidad de aliviar la duración o el tipo de sufrimientos que han de soportar en justicia las benditas almas en el Purgatorio. Los medios y la fuente a la que acudir son abundantes, pero, ¿hacemos un abundante uso de los mismos? Teniendo en nuestro poder el asistir a las pobres almas, ¿hemos tenido el suficiente celo para ello? ¿Somos ricos en Caridad como Dios lo es en Misericordia? Por desgracia… ¡cuántos cristianos hacen poco o nada por quienes han partido! Y aquellos pocos que no los olvidan, y que tienen suficiente caridad para ayudarles con sus sufragios, cuán seguido carecen de celo y fervor! ¿Somos acaso fervientes, solícitos y presurosos en procurarles alivio?

“No”, dice San Francisco de Sales, “no recordamos suficientemente a nuestros queridos amigos fallecidos. Su memoria parece perecer con el sonido de las campanas de su funeral, y olvidamos que la amistad que encuentra su fin, incluso tras la muerte, jamás fue amistad genuina”.

Perdemos de vista los grandes motivos que nos urgen al ejercicio de la Caridad hacia quien ha partido. Podríamos decir que todos los motivos se suman en estas palabras del Espíritu Santo: “Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos: para que fuesen absueltos de los pecados” (II Macab. 12, 46).

En primer lugar, es un trabajo, santo y excelente en sí mismo, como también agradable y meritorio ante los ojos de Dios. Por esto, es una obra saludable, beneficiosa para nuestra propia salvación.

“Una de las obras más santas, uno de los mejores ejercicios de piedad que podemos practicar en este mundo”, dice San Agustín, “es ofrecer sacrificios, limosnas y oraciones por los muertos” (Homil. 16). “El alivio que procuramos a quienes han partido”, dice San Jerónimo, “obtiene para nosotros una misericordia similar”. Ya desde una oración tan breve y sencilla como: “Oh mi Jesús, perdona nuestros pecados y líbranos del fuego del Infierno, lleva a todas las almas al Cielo, especialmente a las más necesitadas de vuestra misericordia. Amén”.

Considerada en sí misma, la oración por los muertos es una obra de Fe, Caridad, y frecuentemente incluso de Justicia. Y asimismo lo es el ofrecimiento de nuestros sufrimientos por su auxilio. Auxilio que, por cierto, ellos nos retribuirán con sus oraciones por nuestras necesidades.

¿Quiénes son, entonces, las personas a las que queremos y debemos ayudar? Son las almas benditas, predestinadas, tan queridas por Dios y por la Santa Iglesia, que esperan nuestra caridad; almas que incluso quisimos, tal vez unidas íntimamente a nosotros cuando vivían, y que nos suplican con estas palabras: “Apiadaos, apiadaos de mí, siquiera vosotros, mis amigos” (Job 19, 21). Y, ¿con qué necesidades las encontramos? Sus necesidades son enormes. Tienen grandes sufrimientos, y ninguna posibilidad de hacer algo por sí mismas, ya que no pueden ganar méritos una vez que sus vidas en la tierra terminaron. Tercero, ¿qué bien les procuramos? El mayor bien, ya que las ayudamos a poseer lo que más ansían, que es la beatitud eterna.

“Asistir a las almas del Purgatorio”, dice San Francisco de Sales, “es hacer la mayor obra de Misericordia, o más aún, es practicar de la manera más sublime todas las obras de Misericordia juntas, esto es: visitar al enfermo, dar de beber al sediento de la visión de Dios, alimentar al hambriento, rescatar prisioneros, vestir al desnudo, es confortar al afligido, instruir al ignorante, en fin, es practicar todas las obras de Misericordia en una”.

Esta doctrina concuerda perfectamente con la de Santo Tomás, que dice en su Summa: “Los sufragios por los muertos son más agradables para Dios que los sufragios por los vivos; porque el primero se encuentra en mayor necesidad, siendo incapaz de asistirse a sí mismo, a diferencia del que se encuentra vivo”. (Suplem., Q. 71, art. 5).

Nuestro Señor retribuye cada obra de Misericordia ejercida hacia nuestro prójimo como hecha hacia Él mismo. “Es a Mí”, dice, “a quien se lo has hecho” – Mihi fecistis. Esto se aplica perfectamente en la misericordia aplicada a las benditas almas. Y fue revelado a Santa Brígida que quienes liberan almas del purgatorio tienen el mismo mérito que si hubieran liberado a Jesucristo mismo de su cautividad.

¿Y qué hace falta para ayudarlas? Toda oración, toda penitencia, comunión, trabajo, incluso hasta un pequeño esfuerzo que se cumple con la intención de ayudarlas y rescatarlas es tomado por Dios y Su Madre a favor de ellas, hasta que se las libera de su pesado yugo, o al menos se les aligera la carga.

Entonces, para terminar de responder a su pregunta, diremos que los ofrecimientos con resignación de sus sufrimientos, de la Santa Misa y la comunión cuando es posible, y una larga serie de oraciones generales y particulares pueden ayudarle a cumplir su santo deseo de ayudar a las benditas almas. Iremos añadiendo algunas oraciones específicas en adelante a nuestro devocionario, pero no ha de olvidarse que hasta un breve pero valioso Avemaría rezado con intención de aliviar sus sufrimientos y abreviar el tiempo de su castigo sin duda las ayudará, así como también a quien tiene la dulce caridad de realizarlo.

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