Año que termina, año que comienza

Pensemos en esto: nuestros años están sembrados de bienes y males: adversidades, molestias, pérdida de bienes, aflicciones, desgracias, enfermedades, fortuna, prosperidad, ventajas, satisfacciones, placeres. Pero todo pasa también. ¿Qué queda de todo esto al final?

Los bienes y los males de esta vida pasan igualmente. Y todo lo que pasa es poco digno de afligir o de alegrar plenamente a un corazón, a quien sólo los bienes eternos son capaces de contentar. Por eso el hombre sabio y el que ama a Dios no temen sino al pecado y la infelicidad eterna.

Una persona en verdad virtuosa, que tiene la dicha de evitar el pecado durante todo el año, o que habiendo perdido la inocencia, no pasado el día sin recobrarla, siente al fin del año un gozo cuyo precio sólo puede comprender quien lo ha experimentado.

La memoria del fruto que ha sacado de la palabra de Dios, del buen uso de los Sacramentos, de los ejercicios de devoción, de las buenas obras, aquella regularidad de costumbres, aquel retiro voluntario de tantas ocasiones de pecado, aquella práctica devocional, causan en el alma un gozo, un contento y una confianza indecible.

Aquellas alegrías y fiestas mundanas, mezcladas de tantas amarguras, han pasado. ¿Qué nos queda al presente de todas ellas, sino un triste pesar si hemos pecado? En cambio, ¡cuán dulce es estar exentos el último día del año de todos los pesares, y no tener sino el testimonio de una conciencia limpia y tranquila! ¿Quién en sus cabales no quisiera el día de hoy contar con este secreto testimonio? Esta es la ventaja que llevan los que han pasado el año santamente, a los que lo han
pasado en la vanidad y el pecado.

El alma es como una planta, que podemos alimentar, regar y cuidar bajo los rayos amorosos de la fe, o podemos abandonar a su suerte, sin el agua de la purificación, sin el sol de la verdad, hasta convertirla en algo irreconocible o, peor aún, muerto. Propongámonos cuidar este año de nuestra alma más y mejor de lo que lo hemos hecho nunca hasta ahora. Y eso no estaría completo si no nos importase en igual medida la salud del alma de nuestro prójimo. Que sea este nuevo año una oportunidad de trabajar en desbrozarnos de las malas inclinaciones y de hacer crecer el bien en nosotros hasta convertirnos en aquel brillo para el cual hemos sido llamados.

¡Ah, Señor, qué no quisiera yo haber hecho este año para gustar de este dulce consuelo! Dichosas las almas fieles que lo experimentan. Os ruego que me sostengáis en mi resolución de aumentar de hoy en más el número de esas almas, y que si Vos me concediereis el año próximo, tenga el consuelo de haber aprovechado estas comprensiones, para así hacer un año cargado de virtud y de bien. Así lo espero de Vuestra inagotable Gracia. Amén.

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