Ángeles, demonios y San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola, por petición del mismo Papa, envió a catorce Padres de diferentes naciones al Colegio de Loreto, para que en aquel santuario oyesen confesiones de los peregrinos, resolviesen sus dudas y los dispusiesen a recibir favores de Dios en la casa de la Santísima Virgen, donde el Verbo tomó carne.

Festejó el Cielo con luminarias esta llegada, porque poco tiempo después se vio por las noches salir de la bóveda principal del templo unas llamas divididas, como grandes luceros o estrellas resplandecientes, que puestas en orden y concierto admirable, volaban hacia el Monte Filtrano, y sobre una ermita muy antigua de Nuestra Señora discurrían por el aire, volvían y cruzaban como si fueran coros, o danzas muy concertadas, durando casi toda la noche, hasta el amanecer, cuando volvían al Templo de donde habían salido.

Al año siguiente, predicando un Padre de la Compañía en el templo, vio todo el auditorio bajar del Cielo unas luces resplandecientes, y sentarse sobre la Capilla de Nuestra Señora, y levantándose de allí dar vueltas a todo el auditorio y volver después a subir al Cielo. Y en otra ocasión bajó un globo de fuego, que discurrió mansamente sobre las cabezas de los Padres que estaban confesando, y de los penitentes que esperaban, y que después subió a lo alto.

Sin embargo, si el Cielo festejaba, se revolvía el Infierno, y cuanto hacían los Ángeles por los pecadores penitentes, los demonios perseguían a los justos que los movían a penitencia. Se lamentaban por las almas que los religiosos les estaban quitando, y llenaron el Colegio de espantosos ruidos. Gruñían como puercos, maullaban como gatos, ladraban como perros, y corriendo en cuadrilla por la casa en el silencio de la noche, inquietaban a todos y atemorizaban a muchos con horribles figuras y otras mil estratagemas.

No pudieron resolver este problema con reliquias ni oraciones, porque Dios quería reservar la victoria a su Siervo San Ignacio. Le escribió Oliverio Manareo, que era el rector, contándole lo que pasaba y pidiéndole algún remedio. Respondió San Ignacio pidiéndole que confiasen en Dios, que los libraría pronto de las molestias del demonio, y que él lo pedía a Dios con insistencia.

La comunidad se reunió entonces, se leyó la carta del Santo para consolar a los afligidos, y como si fuese un decreto de destierro, desde ese mismo instante cesaron todos los espantos, desaparecieron los ataques, y no se oyó más ruido extraño ni se volvió a sentir molestia alguna.

“Vida de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús”. P. Francisco García, S.J. 1722.

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