Acostumbramiento al mal

Cuando en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones, y otros atentados semejantes, son mirados con horror, y quien de ellos se haga culpable es castigado con severidad. Pero cuando el delito se repite a cada paso, pierde insensiblemente su fealdad y negrura, se acostumbran a su repugnante aspecto, no sólo los perpetradores, sino también los demás, y entonces el legislador se siente naturalmente llevado a tratarle con indulgencia.

Esto nos lo demuestra la experiencia de cada día; y no será difícil al lector el encontrar en la sociedad actual repetidos delitos a que podría ser aplicable la observación que acabo de hacer. Entre los bárbaros era común el apelar a las vías de hecho, no sólo contra las propiedades, sino también contra las personas; por cuya razón era muy natural que ese linaje de delitos no fuesen mirados con la aversión y hasta horror con que lo son en un pueblo, donde habiendo prevalecido las ideas de razón, de justicia, de derecho, de ley, no se concibe siquiera cómo pueda subsistir una sociedad, donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia por si mismo.

Así es que las leyes en contra de esos delitos debían naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad del perpetrador. Esto tiene íntimas relaciones con lo dicho más arriba sobre la conciencia pública, porque el legislador es siempre, más o menos, el órgano de esta misma conciencia.

Cuando en una sociedad una acción es mirada como un crimen horrendo no puede el legislador señalarle una pena benigna, y, al contrario, no le es posible castigar con mucho rigor lo que la sociedad absuelve o excusa. Una que otra vez se alterará esta proporción, una que otra vez desaparecerá dicha armonía; pero bien pronto las cosas volverán a su curso regular, apartándose del camino que seguían con violencia.

Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que andan cubiertos de execración e infamia, pero, llegando a ser muy corrompidas, los mismos actos, o son mirados como indiferentes, o cuando más, calificados de ligeros deslices.

En un pueblo donde las ideas religiosas ejerzan mucho predominio, la violación de todo cuanto está consagrado al Señor es mirado como un horrendo atentado, digno de los mayores castigos; pero en otro, donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la misma violación no llegará a la esfera de los delitos comunes, y lejos de atraer sobre el culpable la justicia de la ley, mucho será si le acarrea una ligera corrección de la policía.

(Por Jaime Balmes. En “El protestantismo comparado con el catolicismo”)

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