Abrazar la destrucción

Pregunta: Buenas. Les escribo realmente molesta por el silencio que mantiene cierto sector del catolicismo frente a la responsabilidad de la que nos desentendemos. Hablo del niño turco que ha muerto esperando de nosotros solidaridad. Claro, que nunca encontró. Entonces, ¿hasta cuándo deberemos callar por la responsabilidad de los judíos, yanquis y de la ultraderecha europea? ¿No es hora de hacerles pagar? Al menos yo, me voy preparando para recibir refugiados en casa. Y es que yo, pues no me quedaré de brazos cruzados. Que no.

[Adjunta captura de portada de un periódico con el niño sirio como imagen principal]

Respuesta:

Estimada señora, la paz de Cristo sea en su alma y le colme de su divino amor.

Hay verdades que duelen como puñetazos en un rostro frío. El simple hecho de reconocer que todas las grandes civilizaciones surgieron y se desarrollaron en torno a grandes religiones es una de ellas.

Sólo cuando ese núcleo central se fragmentó, descomponiéndose las creencias en simples y relativas “opiniones personales” o incluso en escepticismo de todo y para todo, esas culturas decayeron hasta desaparecer. Fueron éstas, por consecuencia del abandono de los ideales que les unían y daban tanto forma como sentido, conquistadas por las vigorosas  ideas que llegaban. Y las escazas excepciones corresponden a auténticos suicidios culturales que ocultan los últimos hechos bajo un manto de misterio.

Cuando el hombre deja de creer es el tiempo de – parafraseando a Kavafis – sentarse a esperar que vengan los bárbaros. Y a mayor elevación de la cultura mayor será su decadencia y el golpe final. ¿No resulta escalofriante que hoy en día no sólo se les espere sentados sino que se les abran los brazos y se les invite a destruirlos e imponer su barbarie? ¿No es aterrador que sean los decadentes conquistados quienes justifiquen la rendición elaborando torpes sofismas? ¿No resulta aún más pavoroso que la única reacción enérgica no sea de agradecimiento a los defensores sino señalarles con el dedo inquisidor, perseguirles y condenarles con indignación por incomodar a los bárbaros instalados para destruir los restos de civilización? ¿No resulta, en último término, nauseabundo que sean los argumentos de los enemigos los que corrompan los labios de los traidores para oprimir a quienes son la última esperanza de la cultura?

Para todo esto, sin embargo, queda corta la imaginación frente al panorama presente y futuro que sufrimos. Causas hay muchas, pero a grosso modo podemos capturar dos núcleos al observar la corrupción del alma de la cultura. Por un lado, la perversión del hombre invirtiendo su jerarquía interior, imponiendo los sentimientos a la voluntad y estos a la inteligencia. Aparecen así ideologías y expresiones culturales que tocan el sentimentalismo, dando paso a toda suerte de aberraciones casi irresistibles para seres debilitados por el ansia de sentir. Como bien señala la nada elogiable Virginia Wolf: “todos queremos sentir, sea lo que sea”. Y por otro lado, la aceptación de errores de ideas frente a los cuales la razón debilitada no supo o no quiso oponerse. Surgen ideologías criminales, horrorosas en sus consecuencias y hechos, que son aplaudidas una y otra vez, nuevas, fritas o ya refritas, que de lo indigesto y tóxico resulta inexplicable su popularidad si no fuesen acarameladas con eslóganes que tocan el sentimentalismo popular.

Lo vemos con meridiana claridad en el ejemplo del pobre muchacho sirio de 6 años, Aylan Kurdi, devenido en ícono pop de la incultura de las masas y de las corrientes ideológicas progresistas que aprovechan cualquier medio para infectar a los pueblos. Como en pocas ocasiones, la tragedia toca el alma sensible de todos.

La imagen resulta sin lugar a dudas conmovedora y no sería humano ni cristiano no lamentar esa muerte. Sin embargo solemos olvidar que ver no es comprender. Una imagen nos enseña algo concreto que ilustra lo que intentamos comprender. De allí su fuerza y también su peligro. Se libran batallas colosales a través de imágenes manipuladoras y no pocas veces manipuladas.

A la fotografía tan bien lograda del pequeño se suceden apresuradas declaraciones y conclusiones, que son mas bien continuaciones argumentadas en los sentimientos que provoca, de ideologías perversas. Enarbolando la fotografía del pequeño, se demandan medidas suicidas, se acusa a los enemigos ideológicos y se requieren soluciones populistas que sirven perfectamente para proseguir los fines de grandes corrientes criminales afines entre sí. En otras palabras, son los malos de siempre quienes asquerosamente se aprovechan de la muerte del niño, faltando a todo respeto y consideración por los muertos, para utilizarlo como un ideológico caballo de Troya. Asombrosamente en lugar de indignarse contra los manipuladores y profanadores de la memoria del niño, los occidentales se unen al coro de los criminales. ¡Sería locura si no fuese cierto! Las voces tan bien dispuestas para marchar contra las corrupciones y faltas de ética hoy callan y se suman a los corruptores.

El doble salvavidas para las izquierdas y la Yihad

La prensa amarilla goza de un renovado prestigio gracias a la dinámica de las redes sociales. Sus títulos e imágenes son anheladas por los usuarios, hambrientos por compartirlas y difundirlas entre sus contactos, agregando muchas veces algún comentario personal de buen tono. ¿Ha reparado usted, por lo demás, en la ideología que caracteriza esas notas? Sin mucho margen de error podemos denunciar que en su mayoría provienen del izquierdismo variopinto, reforzando aquí la ideología de género, allí el anticapitalismo, allá el anticristianismo, y todos los mitos posibles de alimentar y promover. En otras palabras, pregúntese qué favorece en último término cada nota que se comparte, qué conclusiones se saca de la información, que sentimientos se apoderarán sus contactos. Descubrirá que se trata de una labor gratuita que se presta a los poderosos criminales, a las verdaderas mafias que pretenden gobernar aún más el mundo. En sentido contrario, pregúntese cuanta información refuerza la verdadera fe, la noción de patriotismo, de familia, de libre iniciativa y propiedad privada, de virilidad o femineidad, de cultura elevada, etc. Las hay, sin duda, pero no constituyen el grueso de la información popular en las redes sociales.

El pequeño Aylan prestó, sin querer y para su dolor, un servicio invaluable a las izquierdas tantas veces amenazadas por el despertar de los pueblos frente a sus consecuencias prácticas. En un mundo donde la corrupción de sus gobiernos, sus dictaduras en lo práctico, su prepotencia que dicta la vida de los ciudadanos aún en los más íntimos y personales detalles o necesidades, la causa de las migraciones les vino como salvavidas provisto del infierno. Tienen una imagen que enrostrar para distraer a las poblaciones de sus operaciones socialistas, y de paso imponer su mecanismo de destrucción de la civilización manipulando sus sentimientos cristianos más sagrados de la caballería como son proteger a los débiles, acoger a los desvalidos y atender a las viudas y huérfanos. De esto se sirven los propagandistas del mal como de aquel caballo de Troya que hemos citado.

¿Qué vemos surgir los días posteriores a la tragedia del niño migrante? Sentidas lamentaciones de quienes originan en verdad la tragedia, titulares amarillistas de cuño socialista y pro-islamista, acusaciones de dirigentes y formadores de opinión responsabilizando de la tragedia a… ¡occidente! En otras palabras, abusan de la memoria de Aylan para acusar a los mismos de siempre, a quienes son para ellos los responsables de todo mal en la tierra: los Estados Unidos y Europa, los israelíes y las derechas del mundo.

Algún lector despabilado se levantará de su silla para protestar. Y le seguimos. ¿Quiénes dicen tamañas barbaridades? Son, precisamente, quienes levantan sus puños ensangrentados por el sufrimiento y muerte de más de 100 millones de personas en el caso de las izquierdas y de otras incontables muertes, torturas, persecuciones y vejámenes en el caso de los islamistas. Sus discursos los aplaudiría Adolfo Hitler por su antisemitismo y los corearía José Stalin por su aura imperialista roja.

Frente a su propaganda, resulta al menos incómoda la denuncia de los occidentales de la manipulación de las causas, hechos y consecuencias. Son perseguidos quienes acusan los horrorosos planes y crímenes de la Yihad, el origen y utilidad del conflicto por parte de la izquierda, China y ex URSS, o la carga que significan los migrantes en Europa viviendo de los seguros de desempleo y luego jubilándose de desempleados provenientes del mundo bárbaro y subdesarrollado que no les habilita para integrarse al siglo XXI europeo. Todo esto sin contar con la reacción esperable contra quienes recuerdan las declaraciones de tantos líderes islámicos sobre la conquista sin armas ni resistencia de occidente a través de la migración y natalidad en tierras invadidas, convirtiendo en islámico el mundo libre y rojo lo que antes se resistió a los planes imperialistas de la izquierda mundial. ¿Qué se podría esperar contra quienes, además, alertasen contra los planes de dominación de la siniestra alianza islámico-roja y la catástrofe cultural, ecológica, económica, social y demográfica que significan los planes de invasión y “reconquista”, por medios “pacíficos” y violentos, de los países libres?

Poniendo las causas en perspectiva real, no es occidente sino la izquierda y el Islam los causantes de esta tragedia de proporciones casi apocalípticas. Son ellos quienes causaron la muerte del pequeño sirio devenido en ícono pop para su conveniencia. No son los Estados Unidos, ni Europa, ni Israel ni los capitalistas, ni los cristianos ni ninguno de los acusados por la siniestra alianza los causantes de las guerras en medio-oriente ni quienes dan pie a las excusas de la invasión muchas veces armada bajo título migratorio.

Estudiadas sus causas, promotores, financistas, sostenedores y beneficiados, son los señores de la guerra yihadistas, el califato islámico de Isis, Irán, Rusia, Palestina, Corea del norte, el régimen corrupto de Siria, Sudán y toda la caterva de regímenes socialistas y dirigentes sociales de oriente y occidente son los responsables de la tragedia junto a todos sus acólitos del mal. Y son los responsables directos e indirectos, ya sea financiando pública u ocultamente o bien vetando medidas que pongan fin a la raíz del mal e incluso condenando a los defensores de occidente indisponiéndoles ante la aturdida opinión pública. Contra los responsables directos y los sostenedores es contra quienes debemos indignarnos, protestar y resistir.

Una Venezuela socialista aliada con yihadistas, la Argentina cómplice o Estados Unidos acogiendo y favoreciendo la invasión del terrorismo musulmán e incluso forzando a Europa a bajar sus defensas para asentar en su corazón a la migración muchas veces comprensible pero indudablemente caballo de Troya estratégica para infiltrar terroristas en el seno de la civilización occidental, viviendo a expensas de sus víctimas complacientes con aires benevolente, exigiendo la eliminación de los caracteres cristianos y libres para imponer la atroz ley musulmana, son ejemplos patéticos de todo cuanto denunciamos. Son sus manos indignadas las que amenazan por las cruces rojas de los paquetes de auxilio que se les envían o señalan, por psicodélico que parezca, que Suiza elimine la cruz de su bandera porque les ofende como refugiados. Y purifican los cargamentos de migrantes lanzando a las aguas a los cristianos perseguidos para asegurar que ingresen sólo sumisos al Islam.

En el mundo católico no se levantan protestas ni movimientos para obligar a los musulmanes a respetar nuestras vidas y derechos en sus tierras. Mientras moría Aylan, los cristianos son decapitados, torturados y masacrados en las tierras del Islam. Nadie exige reciprocidad de trato ni nadie protesta por la criminal actitud de los carniceros. Y se abren las iglesias y monasterios – medio avergonzadas de nuestros símbolos más sagrados por temor a ofender a los islámicos – sin saber cuántos terroristas se acogen a la ingenuidad cristiana, viviendo sin trabajar a costa de la población y Estados europeos. Son los yihadistas quienes construyen mezquitas en suelos libres y reclutan terroristas entre los poco espabilados occidentales, muchas veces infectados de una mala conciencia de resentimiento rojo o apresuradas conclusiones sentimentales en favor de los nuevos proletarios culturales.

Los puntos de inmigración no son los que se esperaría de un refugiado. No se procuran zonas poco pobladas o países pobres de la eurozona. No. Se designan las capitales más emblemáticas y ricas de Europa. Serán Inglaterra, Alemania, España, Italia y Francia las primeras en sufrir, dentro de no muchos años, el peso del crecimiento poblacional de los islámicos y deberán acoger las demandas de éstos, indignados contra los restos y símbolos de la cultura europea y cristiana. Podrán los islámicos entonces gobernar sin resistencia, sobre los hoy acomplejados y futuros sometidos. De uno y del otro lado del Atlántico, desde las regiones boreales al mediterráneo y más abajo aún si se les permite, el Califato mundial someterá a Occidente a su ley de terror y al socialismo simbiótico que cabalga en sus monturas, imperando como nunca antes pudo sobre la tierra. Son dirigentes como Hussein Barak Obama, musulmán en las decisiones y socialista en intenciones, los que acusaremos ya demasiado tarde. Hoy mismo descansan y se preparan en Europa, entre los millones de migrantes que sostienen, terroristas armados que se alimentan y refuerzan en el odio contra todo lo que no sea Islam y sus leyes aterradoras.

No es casual, querida lectora, que escojan a los países occidentales como refugio. Así como la revolución francesa comenzó con la excusa del hambre, no apoderándose de las ferias y mercados para aprovisionarse de alimentos sino para destruir una cárcel vacía pero simbólica, del mismo modo destruyen los símbolos cristianos y occidentales. De otro modo, lo rigurosamente lógico sería que emigrasen a países de su misma cultura, muchos de grandes superficies, con afinidad étnica y de fabulosas riquezas indiscutibles. Piense, por ejemplo, en las oportunidades, ayudas y garantías que podrían ofrecer Emiratos Árabes, Dubai, Arabia Saudita, Bahréin, Omán, Qatar, Kuwait, Abu Dabi, Brunei, etc. Todos países aún más ricos en petro y narcodólares que podrían financiar por causas religiosas y políticas a los migrantes con mejores condiciones de vida y sin tantas incomodidades culturales y religiosas como en Europa o las Américas.  Pero claro, bajo el Islam es la aplastante mayoría la que sobrevive bajo niveles indignantes de pobreza ante la mirada indolente de un puñado de jeques multimillonarios. A estos, por supuesto, la izquierda no los persigue ni les denuncia. Son ese grupo de sádicos quienes someten a las poblaciones islámicas sujetas al yugo de  guerras interminables, luchas de clanes, ignorancia, dependencia, odios antioccidentales alimentados desde las mezquitas y escuelas.

Sin embargo, frente a los cuatro mil millones de dólares norteamericanos que acuden en ayuda de los migrantes e igual cifra por parte de Europa – a quien se le exige mucho más y se le presiona con revueltas de indignados musulmanes que se apoderan y destruyen sus calles y ciudades – los países árabes ricos contribuyeron con míseros mil millones para sus hermanos. El problema no es menor ni proyecta salidas aliviadoras. La población islámica es 6 veces más grande que la europea y norteamericana juntas. En un par de años superará las cifras oficiales de China.

No es contra quienes exigen medidas enérgicas y contundentes contra el terrorismo, en su accionar, causas, financiamiento, concesiones de derechos y privilegios e incluso apoyos en los países libres. Es contra las izquierdas cómplices e históricamente criminales y contra el yihadismo que nos invade que debemos reaccionar y a quienes debemos acusar y denunciar. Son ellos el verdadero origen y los verdaderos culpables. Y – tal vez en mayor medida por el peligro que supone por el apoyo invaluable que prestan a los criminales – los dirigentes, prensa tan amarillista como roja y los pseudo intelectuales trasnochados (que eligen países prósperos para vivir en lugar de las naciones que elevan como modelos de bienestar) tan antisemitas como progresistas que les protegen, abrazando con sonrisas benevolentes el mal que nos destruye, odia y amenaza.

Para ellos el pequeño Aylan es el símbolo de la maldad occidental, de los eternos acusados por la izquierda, y nada dicen ni dirán ni les movilizará – hablando tan sólo de niños y del año pasado – los más de dos millones de pequeños cristianos esclavizados y vendidos, violados, abusados de todas las formas imaginables, o bien destripados, despellejados, decapitados, crucificados, linchados, quemados vivos o masacrados por el Estado Islámico. Ellos no se encuentran menos desprotegidos que el pequeño muchacho de la foto. Los niños cristianos se encuentran, además, abandonados y sin otra esperanza que las recompensas de la fidelidad a una fe que occidente abandonó tanto como a ellos.

Para ellos el silencio cómplice y criminal es la respuesta. Y para el enemigo que nos invade, los brazos y las puertas abiertas. La casa invita hasta que los anfitriones perezcan en unos años más, perseguidos o sometidos al enemigo.

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